Permitidme que haga un inciso en mis publicaciones habituales sobre ciencia para escribir una especie de reflexión sobre el tema tan candente del manifiesto por la libertad en Internet. Libertad, esa palabra que tanto miedo les da a los políticos y sus palmeros. Sobre todo, la de pensamiento y expresión y libre difusión de ideas.
Parece ser que se ha aprobado una ley donde, a hurtadillas, incluyeron la capacidad para cerrar páginas web sin que tengan que pasar por el engorro de que un juez decida si deben ser o no cerradas. ¿Para qué está la Justicia sino para retrasar la aplicación de la otra justicia? Total, que se ha armado buena. Y con razón.
Mucho se han esforzado durante años en conseguir que nos creamos parte de un ente llamado “sociedad” que a pesar de estar formado como individuos inteligentes, estadística y colectivamente se comporta de forma estúpida. Desde que Internet entró en nuestras vidas, no son pocos los que se han preocupado de que el mundo sea tan pequeño, hasta el punto de que en un instante millones de personas se enteren de cualquier información. Y tal capacidad les da verdadero pánico, porque merma su potestad para decidir sobre nosotros, esas células que cada 1500 días deciden si se quedan con los parásitos de siempre o los cambian por otros nuevos.
El caso es que ellos, temerosos de que la gente pueda difundir pensamientos, ideas, cultura o cualquier otro tipo de expresión sin que pase antes por el tamiz de los poderes fácticos siempre han intentado controlarlo para evitar que la cosa se vaya de madre. El caso es que nunca han sabido cómo hacerlo, porque Internet es algo tan heterogéneo que es imposible contenerlo.
Algo que la mayoría de los seres humanos vemos como algo positivo, a ellos les da miedo. Quizás porque gracias a eso, la gente puede empezar a despertar (y no necesariamente en un tubo de moco naranja con tubos introducidos por partes impúdicas) y a darse cuenta de hasta qué punto les permitimos decidir sobre nuestras vidas. Desde el mismo momento en que cualquiera de nosotros puede expresar sus opiniones sin miedo a represalias, tiene un poder enorme. Un poder que puede hacer un daño terrible al modo de vida de los que están arriba, pegándose la vida padre a nuestras costas.
Y claro, a esta fiesta en España se nos une esa entidad donde unos pocos ricos se mueren de hambre porque mucha gente descarga sus canciones de Internet. A decir verdad, no sé qué parte es más ridícula: el decir que se mueren de hambre o el decir que hay gente que se baja sus canciones. Porque claro, son los mismos de siempre: esos que pretenden vivir con un nivel de vida al que sus ingresos no pueden optar. Y en lugar de culparse a sí mismos y ver la realidad, culpan a un ente heterogéneo que es la excusa perfecta para todo: Internet.
Quiero pensar que en realidad no se creen sus palabras, que lo hacen presionados por las empresas que promocionan sus trabajos. ¿Es legítimo aducir pérdidas por las descargas de música? ¿Cuanta gente pagaría algo de dinero por el material que tiene en su ordenador? ¿Por qué te lo bajas? Pues porque puedes. Simple y llanamente. No es cierto que en este caso se aduzcan pérdidas por esas canciones, ya que no iba a haber negocio de todas maneras. Podría entender que desarrolladoras de videojuegos se quejen, pero ¿cantantes?
Muchos son sinceros y reconocen la realidad: se gana dinero dando conciertos, los discos son para las discográficas. ¿Cuántos ganan dinero realmente con los discos? Pues dos o tres, y a ellos se las refanfinfla que se bajen su música. De hecho, hay cantantes y grupos que si no fuera por Internet, nadie habría oído jamás su música y puede que ahora estén teniendo éxito gracias a la hasta ahora libre difusión de la cultura por Internet.
En cualquier caso, ¿por qué habríamos de hacer algo porque su negocio no sea rentable? Vamos a ver, si cualquiera de nosotros abre una empresa y vende algo que para él es genial pero luego no tiene éxito una de dos, o te replanteas tu modelo de negocio o cierras y a otra cosa. Entiendo que los de la farándula estén tan cómodos viviendo a su ritmo de vida que no quieran vivir como nosotros, como los curritos, estando horas en oficinas para ganar un sueldo que te da para vivir. Lo entiendo, porque ¿a quién no le gusta vivir bien? Así que nada, os replanteáis vuestro modelo de negocio y o bien dáis conciertos (si es que alguien paga por oir vuestra “música”) o bien os deshacéis de las discográficas y promovéis la venta sin intermediarios.
Me gustaría probarlo porque así se darían cuenta de que si de verdad se mueren de hambre no es porque la gente se baje su música, es porque es tan mala que nadie la quiere aunque sea gratis. Y todos sabemos que esto no se limita al negocio musical, también el del cine. Ese cine que como es incapaz de vender entradas, ha encontrado la manera perfecta de sobrevivir: parasitar el sistema. Ese invento macabro llamado subvención. ¿Por qué un cineasta merece que le financiemos todos sus películas y encima luego pretenda cobrar cada vez que alguien las ve?
Si no pueden vivir tampoco sin intermediarios, que se dediquen a otra cosa. Puede que tengan que caérseles los anillos, porque tropezarse y caer de un ego tan grande puede hacer mucho daño. Pero así son las cosas.
Desde luego, algo muy grande deben deberles los de arriba si permiten que una entidad privada ejerza de juez y parte, se salte a la justicia, no declare sus beneficios y se convierta en un monstruo recaudador de un impuesto revolucionario legal. Porque actúan con patente de corso y casi total impunidad. Por suerte, gracias a Internet, sus fechorías son conocidas por todos y cada vez hay más gente en contra.
Y precisamente eso es lo que temen todos, que nos unamos, que nos plantemos, que destruyamos esa pirámide que han montado para vivir a nuestra costa. Y es ese el motivo por el que temen Internet, ese y no otro. Y no pararán hasta conseguir que nos cierren la boca. Aunque está claro que mucho les va a costar hacerlo.
Inicialmente no pensaba escribir nada. Pero estando lejos de España y no pudiendo hacer otra cosa, utilizo mi medio para protestar. Para decir ¡basta! Para decirles que no nos creemos sus mentiras, que sabemos cuales son sus métodos y que no van a poder con nosotros.
Hay cosas por las que no debería hacer falta escribir o protestar. Cosas que están en la Declaración Universal de los Derechos Humanos que en su artículo 18 cita:
Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.
Y como tal derecho, así lo ejercemos, porque nadie puede vilipendiar nuestro derecho por cuatro perras. Y es por este motivo por el que hoy trato este tema. Que se enteren de una vez todos esos que protestan, que no nos interesa la clase de pseudocultura que promueven. Que no la quiero ni gratis.
Desde luego, no deja de ser hilarante que la hallan llamado Ley de Economía Sostenible. Porque resume a la perfección sus intenciones: quieren que sigamos sosteniendo su modo de vida, por ley, a costa de nuestra economía.




