14 de Marzo de 2004.

Requiem por la vida.

¿Cómo se retoma el hilo de toda una vida cuando sabes que no hay regreso posible? El once de marzo se murió algo de todos nosotros. Fue asesinado, un pedazo de alma desapareció y desde aquel día hay algo en el interior del pecho que no es igual, un nudo que no se deshace aunque pasen los días. Yo no iba en ningún tren. Pero algo de mí murió aquel día.

Ya hace tres días. Tres días maldurmiendo por las noches y despertándome constantemente. Tres días desde que el infierno se hizo entre nosotros. No creo que pueda ni que podamos recuperarnos a corto plazo de lo que supuso el terrible acto de inhumanidad que presenciamos hace tres días. Sigo sin ser plenamente consciente. En mi mente se repiten sin cesar las imágenes de los trenes destrozados, el ruido de las ambulancias, la cara de miedo y desconsolación de los heridos, al tiempo que en mi mente se repiten preguntas imposibles de responder.

No se por qué te mataron Oscar Abril, ni por qué tuviste que morir Livia Bogdan, no sé que le podríamos decir a los familiares de Rex Ferrer para decirles que ya no está con nosotros. Y lo mismo con otras 197 personas. No existe respuesta. No hay un porqué. No se puede explicar el por qué de 200 muertes gratuitas. No hay un porqué yo sigo vivo, y porqué ellos no. No hay respuesta posible ante algo que no es racional, y tal vez eso sea lo peor. No hay a quien odiar, ni a quién perdonar. El mal es algo tan heterogéneo y tan abstracto que asusta sólo pensar en él. Algo ha cambiado. Lo sé, y nada volverá a ser igual. Nos han robado una parte de nosotros, y no hemos dejado de llorar por dentro desde entonces.

A estas horas el sentimiento de pena y desazón se ha tornado ya en odio y deseo de venganza. Esos deseos primarios que el hombre muestra y que nos retraen al pasado. Cuando nos quitan tantas vidas y de esa forma, nuestro corazón para estar en paz necesita la justicia sin reservas. Y precisamente ese sentimiento hace que quien sea el culpable sea lo menos importante. Han pretendido hacernos mucho daño y eso no se puede perdonar.

Juegan con ventaja. Su arma es el miedo, y no temer a la muerte. Pretenden demostrarnos que no estamos seguros en ninguna parte y que son dueños de nuestra vida. Aquello que amamos por encima de cualquier cosa está a disposición de los deseos de una panda de locos que no pueden ser llamados seres humanos. Precisamente porque atentan con nuestra vida, hoy más que nunca el terrorismo tiene que acabar.

Tiene que acabar porque somos más que ellos, somos más los que queremos vivir en paz. Somos más los que deseamos que desaparezcan y también somos más los que haríamos cualquier cosa por aniquilar el terror del mundo. Poco puede hacer una marea de gente manifestándose. Bien poco. Tal vez sea simplemente una necesidad, la necesidad de demostrarnos a nosotros mismos que no estamos sólos y que no sufrimos sólos. Pero eso poco hace.

El terrorismo existe porque hay quien lo ampara. Ya sea de forma activa o pasiva. Ya sea por acción o inacción. Llámese ETA, llámese Al-Qaeda. Da igual. Todos son iguales, todos deben desaparecer, porque no merecen estar vivos. El primer impulso sería llamar a las armas, aniquilar de la forma más violenta posible a estas alimañas. Y no negaré que es lo que en estos momentos deseo de forma más ferviente. Pero eso no es lo que debemos hacer. Tenemos que destruirles de forma pacífica, porque esa es la mejor arma con la que contamos.

Y aunque me de la impresión de que me miento a mí mismo al decirlo, no creo que la violencia arregle nada. El mal será erradicado de este mundo, porque hay mucha gente buena que lo desea, porque somos más y no cejaremos en nuestro intento por conseguirlo.

Se que el único sitio donde hallarán la paz será en el infierno, porque me niego a permitirles que duerman plácidamente todas las noches después de haberme matado. Hay algo en mí que me lo prohíbe, y no lo puedo evitar. No puedo evitar sentir que me gustaría acabar con ellos y pagar con su sangre. Pero quizás esa no sea la solución. No, quizás la solución sea utilizar todo lo que esté de nuestra mano para acabar con el terrorismo. Dejar de callarnos cuando sabemos quién es terrorista. Dejar de comprarles el pan. Dejar de llamar fallecidos a aquellos que son asesinados. Dejar de engañarnos a nosotros mismos. Si hacemos eso, el terrorismo tendrá menos sitio por donde hacernos daño.

Por que tal vez lo peor de todo es no poder decir lo que sentimos. No poder explicarles a los niños pequeños por qué hay 200 estrellas más en el cielo. Eso es lo que más pena y desazón produce.

Pero que lo tengan bien grabado en su mente. No descansaremos hasta dar con ellos, y ningún lugar de la Tierra será seguro, porque no cejaremos en destruir su voluntad del mal, porque somos más, y porque podemos con ellos.

— © 2004 Miguel Rodríguez Lago, webmaster —

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